México: el caleidoscopio de las identidades.

México: el caleidoscopio de las identidades

Septiembre en México se torna y se pinta de colores vivos. Verde, blanco y rojo adornan las calles en cualquier pueblo, ciudad o ranchería. Aun recuerdo la ilusión que me causaba esperar al día de la independencia, pues era una tarde en la que me podía agasajar de caramelos y golosinas, de churros y cualquier comida que vendiesen en los puestos ambulantes.

Antes de que el ritual del grito tome lugar en mi pueblo, la gente empieza a aglomerarse enfrente de la presidencia municipal. El ambiente se llena de inquietud, la gente busca el mejor lugar para ver los fuegos de artificio. Y justo antes de que el presidente municipal empiece a nombrar los héroes de la independencia, entre la multitud una misteriosa calma y un silencio llena los huecos del vacío,  para dar voz a quienes nos dieron patria y libertad, a Hidalgo, Allende, Aldama… Y terminar con un firme  y orgulloso ¡Viva México! – ¡VIVA! Seguidamente, el cielo cual ébano se torna de cientos de colores, luces y pólvora, estremeciendo la ciudad con el sonoro ruido de los fuegos artificiales, ondeando banderas, sonando matracas y arrojando al aire sombreros para causar conmoción entre la gente.

Hace un par de días mientras hacia pasar el tiempo en el metro, me leía un artículo sobre la integración de los refugiados y solicitantes de asilo recién llegados en Francia, reflexionando sobre la identidad de los cientos nigerianos, sirios y demás inmigrantes que llegan a Europa,  me quedé pensando sobre la identidad del mexicano.  ¿Quién soy?

La historia del hombre en sociedad es el relato de la eterna adaptación de la persona con su entorno y de seres humanos en su interacción con otros seres humanos, es el recuento de su devenir en el mundo, buscando imprimir en todo lo que se hace la huella de su sentir, de su articulación sobre la realidad y de su cultura. Todo lo que hace distintivas las relaciones que emprendemos, se encuentra altamente predominado por una constante negociación entre lo que somos, los valores que poseemos y la importancia relativa que le damos a esta presencia social y cultural frente a la de otros.

Buscamos, reafirmar nuestra existencia por medio de la comparación, con la identidad de los demás y, en ocasiones por franca oposición a ella.  Somos personalidades individuales y colectivas, cambiantes, que se definen en una dinámica cotidiana, día tras día, por medio de las interacciones que sostenemos. Las relaciones privadas o públicas, sean de carácter social, político, cultural o económico, dentro de cualquier contexto a nivel regional o internacional dan sentido a lo que somos, y de alguna forma define nuestro futuro. Sin embargo, pocas veces reflexionamos sobre las facetas de nuestra identidad, facetas cambiantes. Frecuentemente, estas facetas pasan desapercibidas, las vivimos como la piel o el aire que respiramos y es que como apuntan algunos académicos que encomendaron su trabajo de vida al estudio de la identidad nacional mexicana: la identidad mexicana es una realidad histórica cultural, que ofrece muchos desafíos para su aprehensión y compresión.

Pensar en términos identitarios, nos obliga a cuestionar no solamente quiénes somos y qué misión tenemos en este mundo, sino también es reconocernos como seres humanos contribuyentes sociales al destino que habrá de tener el hábitat que ocupamos. He aquí la importancia de la identidad y de su cuestionamiento.

El estado-nación, entendido como construcción social e histórica, había sido hasta hace pocos años, el referente dominante que le daba sentido a los procesos de producción y reproducción social. En el siglo pasado, muchos mexicanos crecieron en un mundo de estados nacionales configurado a partir de una geopolítica bipolar que funcionaba como un marco explicativo de la historia contemporánea. Hoy, donde las nuevas realidades se expresan con las palabras global, posmoderno e informático, cuestiones teóricas y políticas se han puesto en puerta, para ser presentadas y debatidas, tal como las cuestiones que presentó la investigadora Rivadeo, quien señalaba el tipo de problemas a los que nos enfrentamos al tratar de seguir utilizando el concepto de lo nacional en la definición de nuestras identidades colectivas. Términos como lo nacional e internacional, han dado camino a lo global, de tal suerte que la abstracción de lo nacional como concepto revelador de un territorio, una raza, costumbre o pueblo, tiene que ser confrontada directamente con la presencia inminente de otras identidades culturales y nacionales en contextos de internalización, mundialización o globalización.

Posteriormente cuestiones sobre la construcción de la identidad, apuntaron a que la identidad nacional esta de cierta forma alineada al modelo político que los mexicanos hemos decidido adoptar y la historia forma parte neural de nuestros devenires y conflictos para el establecimiento de una identidad nacional, siendo el producto de nuestras fluctuaciones políticas y filosóficas en el proceso de darnos a nosotros mismos un sistema político, tal como indica Velasco Gómez:

“En suma, bajo el mero principio de igualdad de derechos la democracia liberal tiende a limitar la identidad nacional a una cultura homogeneizante y excluyente, semejante a la que produce la democracia autoritaria. Esta homogeneización excluyente constituye un factor que merma las bases mismas de la democracia: la pluralidad de intereses, tradiciones y opiniones que debaten en el espacio público y conforman el legítimo poder político.

En oposición al modelo democrático liberal, el republicano no afirma como principio fundamental la igualdad, sino el reconocimiento de las identidades culturales diversas. Este principio pone el énfasis en la igualdad de valor y de respeto en las comunidades y, de modo secundario, en el individuo. Esta prioridad se debe precisamente a que la tradición republicana concibe al individuo como miembro de una comunidad, de una cultura que le precede y dentro de la cual define su curso de vida, sus valores fundamentales, sus derechos básicos como persona. (…) Desde la perspectiva republicana los derechos, la legislación y el ámbito de competencia del poder político se adecúan a las identidades culturales, y no al revés, como sucede en la democracia autoritaria y en la liberal, con diferencia de grados”.

La historia de México ha estado severamente comprometida en intentos por definir un sistema democrático, bajo diferentes tipos de modelos, ya sean autoritarios, republicanos o liberales, que pugnan por un esquema en el que se homogenicen las diferencias, pero dentro del marco de un México pluricultural y étnico, las cosas se complican. Los usos y costumbres, las prácticas gubernamentales y legales de las distintas comunidades culturales, son parte integral de nuestra nación, y no es suficiente asegurar la convivencia pacífica, se debe hacer reconocimiento a tales usos y costumbres, tal como lo indica Serret:

“el espacio en donde se configuran y actúan las identidades es el del imaginario colectivo”

En este ámbito, se amalgaman todas las formas de percepción posibles, tanto la percepción que se tiene de uno mismo, como las percepciones del otro. Aquí se  encuentran, conjuntamente, las muchas y variadas percepciones de lo que significa ser indígena, ser ciudadano, habitante de lo rural o de lo urbano, ser hombre o ser mujer.

Otra de las cuestiones como la doble nacionalidad y la autonomía indígena se encuentran sumamente presentes en el debate sobre la identidad nacional del México de finales del siglo pasado:

“… Estos cambios incluyen transformaciones tanto en la definición de los estados nacionales, la relación entre los procesos de globalización y las culturas nacionales, como en la relación entre soberanía e identidades nacionales”.

El concepto de nación, como unidad inherentemente limitada, donde el Estado simboliza y garantiza la soberanía, debe ser interpretado nuevamente a la luz de la posibilidad de que mexicanos que radican fuera del país mantengan su nacionalidad.

La presencia de mexicanos en el extranjero, abre sendero a nuevas condiciones de definición social y cultural de la nación, que van mas allá de las fronteras del territorio, de la misma manera en que posiciones multiculturales reclaman los derechos de adscripción étnica y de reconocimiento de la multiplicidad de naciones que habitan en nuestro territorio. Como bien apunta Valenzuela:

“Cerca de una quinta parte de la población de origen mexicano vive fuera del país, situación que obliga a redefinir la interpretación sobre los procesos socioculturales que ocurren entre nuestro México, caracterizado por una profunda crisis del proyecto social dominante, y “el México de afuera” donde mexicanos y chicanos buscan opciones de participación en las que sus adscripciones y herencias culturales mantengan vínculos importantes con la nación social y cultural mexicana”.

Aunque, como bien dice María Casas, México logró conformar una comunidad nacional imaginada, no ha podido borrar las antiguas nacionalidades presentes en nuestra diversidad cultural indígena. Desde ese punto de vista, tenemos que reconocer, que dentro del proyecto nacional, participan diversos proyectos de nación que inciden en la definición de los sentidos colectivos.

En un mundo globalizado, donde se asume que los estados-nación son obsoletos, siguen presentándose casos en que los individuos deliberadamente acentúan sus diferencias, reelaboran y re-significan continuamente sus identidades, remarcando su sentimiento de pertenencia a una comunidad. La nación sigue siendo un referente crucial en el complicado proceso de construcción de la identidad, pero en opinión de la autora, más lo es la patria que permite interiorizar las maneras de sentir, actuar y de pensar, interpretar y reconocer los hechos y acontecimientos, y finalmente dotar de significado a las acciones humanas.

Frente a todas estas complejidades, a pesar de todas estas paradojas, nos encontramos con una ventana al vacío, asomados a una realidad ausente de metodologías explícitas que permitan una discusión razonable sobre las alternativas analíticas para construir nuestra identidad. Todo depende desde dónde se vea: hay ventanas coloniales,  ventanas deportivas, arquitectura en los ventanales. El problema es que cada persona mira desde su propia ventana,  asumiendo que puede penetrar en las claves míticas de nuestra nacionalidad. Y sea plausible o no, hay que reflexionar sobre nuestra identidad, la propia, la de uno mismo, es abordar los campos místicos de la filosofía, es cuestionarse a si mismo ¿Quién soy? ¿Para qué soy?

Al igual que Joaquín González en su poema, soy orgullosa y noble como Cuauhtémoc, rey de un imperio civilizado más allá de los sueños del gauchupin Cortés, quien también es sangre y la imagen de mi misma. Soy el águila y serpiente de la civilización azteca, pero también  la interprete  Malintzin o Malinche, y en tardes de lluvia la poeta Inés.

Para terminar he de poner  la cereza al pastel en este debate sobre la identidad nacional y  amachinarla, como bien diria Manrique en su libro: ¿Quiénes somos?

Somos el resultado  de una serie de eventos históricos, de reacciones de defensa,  y de colapsos políticos, de revancha y pactos económicos,  somos la toma de conciencia de los pueblos, de quiénes son y de su identidad. El debate empieza al preguntarnos si realmente somos tan mexicanos como nos sentimos o mejor dicho si lo que decimos que sentimos es congruente con la forma como actuamos.

“… El México de a mentiras, que es el oficial formal, o el México de a deveras (…) el México indígena, el rural y campesino y el urbano, mestizo, del arrabal, de los barrios populares….  Primero debemos clarificar nuestra identidad. Entiendan, entendamos que nuestra identidad no es imagen, ya no es de facha, ya no es de fachada, nuestra identidad ahora es de “actitudes”, de acción, de qué es lo que sí podemos hacer que puede ser excelente, pésimo o mediocre”.

Decir al viento que somos bien mexicanos, ya no se vale. Tenemos que llevar nuestra identidad como la piel, y la propuesta que hace Manriquez para reforzar tal identidad es primero el arte, por que nos da champú para diseñar el proyecto.

“…Primero el ARTE, porque es “sensibilidad”, y los humanos primero somos seres sensibles, después técnicos y luego científicos, de esto, intelectuales y al final, políticos. (…)”.

“Para ser universales, primero se debe ser locales. El ARTE es la base esencial de conocimiento para los humanos. CULTURA es saber todo lo que es “necesario” para el vivir humano, pero saberlo hacer con nuestras propias manos. El ARTE es lo único que nos da dignidad de humanos a toda la humanidad. Tener IDENTIDAD es tener dignidad en las relaciones humanas”.

La identidad nacional reviste numerosas fases, puede ser un problema teórico, político o cultural. La identidad nacional es como esos caleidoscopios que nos causaba tanta fascinación cuando éramos niños: el caleidoscopio tiene elementos constitutivos básicos, que al ponerlos en contacto uno con el otro, cambian de forma de acuerdo a como uno los mueva, originando una variedad rica en colores y figuras, el juego nunca termina y tal fascinación se convierte en una forma única de arte, cambiante y sorprendente cada vez que la apreciamos.

 

 

Por Marisol Romero.

 Ilustracion “la llorona” por Manu Guerra Pavries

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